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Aurora [5×100]

Esta historia es parte de 5×100. (+ info)

— Pero… ¡los mataste!

— No tenía elección. — Alb hizo una mueca de gravedad, que quedaba incluso cómica en su rostro de niño pequeño.

Era cierto que no la tenía, aunque eso no lo hacía más fácil de tragar para Naima. Estaba acostumbrada a tratar con niños prodigio, y ya casi había conseguido aceptar sin pestañear que un renacuajo de dos o tres años fuera capaz de debatir sobre filosofía del siglo XIX o hacer cálculos de navegación en segundos. Pero, debajo de toda la retórica y la mente matemática, invariablemente se descubrían como lo que eran: niños, no acostumbrados a lidiar con temas más adultos. Proyectos de ciudadanos, con mentes de premio Nobel pero una inocencia tal que no hubieran durado diez minutos sin ser desvalijados en según qué estaciones de metro.

Por lo menos, así solía ser. Después de escuchar a Alb, se dio cuenta de que tendría que replanteárselo. Hundió la cabeza entre las manos.

— ¿Y por qué me lo cuentas ahora? ¿No hubiera sido más fácil callarte? — Acababan de cumplirse tres meses y Naima todavía tenía pesadillas con el Aurora.

Todo había empezado como suelen empezar los desastres: por un exceso de confianza. El Aurora era un enorme carguero que cubría rutas árticas, comercialmente muy lucrativas pero minadas de peligros. Para protegerse de cualquier eventualidad, el barco estaba reforzado hasta extremos asombrosos, y era considerado, a todos los efectos, imposible de hundir.

De hecho, cuando un gigantesco iceberg se empotró contra el casco del Aurora apenas unos días antes de cumplirse 135 años del desastre del Titanic, el barco no se hundió. Pero el golpe fue lo suficientemente violento como para desprender el techo de la sala de máquinas; una placa de plomo de casi cien metros cuadrados de área y dos de espesor que, tras caer sobre el corazón del barco, lo dejó tan irreconocible como una avispa aplastada por un matamoscas metálico.

Lo peor no es que estuvieran en mitad del Ártico, sin luz, radio ni posibilidad de girar el timón. Lo peor era que los potabilizadores también habían dejado de funcionar. Pudieron salvar apenas ocho litros de agua potable. Ocho litros para una tripulación de tres personas adultas y un niño, abandonados sin perspectiva de ser rescatados en no se sabía cuánto tiempo.

Para completar la ironía, el Aurora llevaba en su bodega miles de toneladas de comida. Precisamente para aprovechar hasta el último gramo su capacidad, la comida había sido liofilizada, lista para ser restaurada a todo su esplendor sin más que añadir unas gotas de agua. Unas gotas del agua que no tenían en ese maldito barco.

Sólo había una forma de salir: una diminuta embarcación que podía acomodar a una persona y que contaba con un motor fuera-borda. No sería suficiente para llegar a tierra hasta pasados al menos tres o cuatro días, pero cabía la posibilidad de que encontraran otro barco que pudiera auxiliarles por el camino. Lo echaron a suertes y Naima fue la encargada de ir a buscar ayuda. Partió en la barcaza con cinco litros de agua, una brújula y unas confusas indicaciones para llegar a la base del Cabo Zhelaniya, a casi cien kilómetros al sur.

Tardó cuatro días en llegar a tierra y tres en volver. Cuando el equipo de rescate llegó al Aurora, encontró a Alb, aferrando un biberón casi vacío con expresión asustada y demacrada, y a los otros dos marineros deshidratados hasta la muerte.

Aunque nunca quiso preguntarle a Alb cómo había sido, el único consuelo que le quedaba era pensar en la nobleza de sus dos compañeros, mártires que habían sacrificado su propia vida para salvar la del niño. Y ahora se enteraba de que no había habido nada de heroísmo en ellos, sino que una pequeña modificación introducida por Alb en las puertas de sus habitaciones les había dejado encerrados, sin esperanza de salir para alcanzar las preciosas botellas de agua que habían quedado en el barco.

Naima dejó escapar un grito ahogado. No podía creérselo.

— ¿Por qué ahora, Alb?

— Naima, te lo cuento porque estuvo mal lo que hice. Aunque la alternativa fuera la muerte de los tres. No creas que yo duermo tranquilo desde entonces. Tú estabas con nosotros en el barco y sabes lo… desesperados que estábamos — Alb pareció encogerse todavía más –. Sé que no tenía elección si quería salvarme. ¡Lo sé! Pero necesito oírlo de tu boca. Necesito… — las lágrimas asomaron a sus ojos –, necesito que me perdones. Por favor.

Naima suspiró y abrazó con fuerza a Alb. Después de todo, aún seguía siendo un niño.