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Martín [5×100]

Esta historia es parte de 5x100. (+ info)

El viento soplaba con fuerza y daba la impresión de ir a derribar la carpa de Martín a lo mínimo que éste se descuidase. Pero Martín, aunque farfullaba en todos los idiomas de la Tierra y tenía que hacer equilibrios inverosímiles para agarrar cada cabo que se iba soltando, había desarrollado una rara habilidad para evitar el desastre; contra todo pronóstico, la inminente amenaza del estropicio no llegó a concretarse. Mientras nos llegaba el turno, yo me divertía atándole entre sí los cordones a mi hermana hasta hacerle tropezar, para enfado de mi madre, gran consternación de mi abuela y llantina de la pequeña.

Ocurría así todos los veranos. Martín estaba en Ortigosa tres o cuatro días a principios de Agosto, se ganaba los cuartos con sus retratos, y después recogía sus bártulos y seguía adelante, con su casa a cuestas, por las carreteras de Segovia. Nosotros solíamos llegar cuando ya estaba a mitad de faena, y siempre añadíamos alguna fotografía a esa colección familiar que lleva décadas adornando las mesas de nuestros salones. Por fin nos tocó, y allí nos colocamos todos muy dignamente —mi padre, mi madre, mis tres hermanos, la abuela y yo— delante del fogonazo del flash, que te dejaba durante unos segundos sin poder distinguir la luz de la sombra.

Todo parecía encajar a la perfección: en el pueblo siempre nos esperaban las mismas comidas de mi abuela, con su sabor rebosante a campo y a río, que nos hacían olvidar el aire viciado de la ciudad; salíamos a jugar al valle, entre amapolas, y de noche bajábamos a la charca, a perseguirnos entre nosotros y mirar las estrellas. En un suspiro se nos pasaban las dos semanas y teníamos que volver a Madrid. El ritual se repetía de año en año con la exactitud feliz de la infancia, que lo cree todo inevitable: si alguien me hubiera dicho entonces que tenía que despedirme de aquello no hubiera sido capaz de creerle, no hubiera sido capaz de comprender lo que esas palabras querían decir.

Cuando uno es un niño, no entiende la mitad de las cosas que escucha, aunque apriete el oído con fuerza contra la puerta mientras los mayores discuten. Pero sí que puede leer otros gestos: la preocupación, la urgencia, las pinceladas de aprensión en las miradas que se va cruzando y que antes eran francas y limpias. Y hubo pocos gestos que me impresionaran tanto como llegar por la polvorienta carretera de Ortigosa y encontrarme la carpa de Martín vacía, con pequeños y siniestros agujeros y algunos salpicones de sangre.

La mejor rebelión contra la injusticia es no aceptarla nunca. Es verdad que nos tocaba crecer de repente; tocaba olvidar el pueblo, la inocencia y la comida de la abuela, y prepararse para vigilarse siempre las espaldas y estar presto para la venganza. Que amanecían otros tiempos, más siniestros, donde tu vida podía quedar marcada simplemente por ser un fotógrafo un poco bohemio, o por el mero hecho de caerle mal a quien no debías. Pero supongo que nada ni nadie muere mientras haya alguien empeñado en no olvidarlo del todo. Muchas veces, cuando salgo tarde del trabajo y veo la foto de mi abuela sobre la mesilla al volver a casa, le rindo un homenaje silencioso a su cariño y a su cocina, a Martín con su cámara y a esa Ortigosa que no se perderá mientras la conserve en la memoria; y, sentado en el sofá, casi siento en los pies el agua nocturna y fresca de la charca, mientras cantan los grillos y llevo a mi hermana de la mano.