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Salir al sol

Como esto de acabar de tan mal rollo no me ha gustado nada (y sigo teniendo la mala costumbre de resistirme al sueño), os voy a poner un poema. No es que sea nuevo precisamente (tiene ya casi dos años y medio), ni particularmente bueno. Pero —no sé por qué— últimamente me ha dado por acordarme de él. Supongo que el poema está diseñado para evocar un cierto sentimiento de protección, cosa que siempre resulta confortable y que quizá echo de menos últimamente. Puede también que haya llegado su momento de salir al sol, porque en este tiempo nadie más que yo ha visto el poema, ni siquiera ella (que, por cierto, a día de hoy y afortunadamente para mí :), es una buena amiga mía), la del poema que empieza «Últimamente».

Cuando era (mucho) más joven, escribía casi a borbotones; los poemas me salían prácticamente solos, pero la mayoría de ellos eran —según juzgo ahora, desde la distancia— demasiado huecos. Con el tiempo fui escribiendo cada vez menos, pero la densidad de los poemas fue aumentando. Ahora (o cuando no hace mucho escribía) cada poema tiene su historia, en algunos casos bastante rica. Este no es menos, aunque dentro de lo que cabe no es nada muy místico: es una especie de foto de una tarde de agosto en la que estaba en mi cuarto en Jerez. Pero lleva también un significado algo más profundo: supongo que a todos nos pasa que las cosas que nos rodean, con las que estamos acostumbrados a convivir, nos dan seguridad porque nos recuerdan que estamos en casa, en un lugar que nos espera y nos acoge. En ellas hay una doble vertiente; además de servir como excusa para la melancolía, para el recuerdo de un pasado que siempre se recuerda mejor de lo que fue, también son un punto de apoyo para la actividad, para el avance, para continuar con este camino de la vida.

MÚSICA DE LOS EAGLES

Aquí en mi dormitorio
hay en este momento
un cónclave de guiños al destino,
un almacén del brillo
que a veces dan las gotas de agua sucia.
Delante, en la ventana,
a través de la tela mosquitera
y los bloques de pisos,
hay un atardecer de este cielo de agosto,
un réquiem natural, tal vez oculto,
pero que puedo adivinar completo
sin apenas esfuerzo.
En mi mesa hay un mapa
y un horario de tren de cercanías,
que susurran un nombre
con una voz amable y tentadora;
la lista de la compra,
una funda de gafas con demasiado polvo,
un papel donde habitan
ejércitos de números sin rumbo
y un poema para ella que empieza «Últimamente…».
Y en la radio guitarras y armónicas tranquilas,
música de los Eagles
que apacigua las dudas que me asaltan.
También algunos libros aburridos,
un móvil que no suena cuando debe,
los cuadros de mi hermano…
Todo esto me rodea y me define:
soy aquel que ha nacido para imbricarlo todo,
para que en esta tarde veraniega
haya un sentido en todas estas cosas,
en el papel en blanco
que poco a poco llenan las notas del pianista.
Tal vez yo no conozca
el título de la canción que suena;
tal vez las cinco zonas
de tarificación que nos separan
sean un muro insalvable;
tal vez no lea los libros,
no haya podido ver al sol ponerse,
quizá nadie recuerde mi número y mi nombre,
o el poema que termina «para siempre»
ella lo lea una vez
y lo arroje en el pozo de este olvido.
Pero eso ahora no importa. / Yo estoy lejos,
protegido por esta colección de postales,
por estas notas tristes,
este humo azul que viene del pasado
y me recuerda el sitio
donde cada mañana abro mis ojos,
estos tragos amargos y dulces de memoria
que no son más que tierra del camino,
huellas de azar que veo cuando descanso
antes de continuar hacia adelante,
hacia toda la vida
que aún me queda.

Jerez, 18/8/03)