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	<title>Andvaranaut &#187; 5&#215;100</title>
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	<description>...un ciego en una habitación sin luz, buscando un gato negro que no está allí.</description>
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		<title>Clown [5x100]</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Mar 2010 00:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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<p>Hoy voy a contaros una historia triste. Qué le voy a hacer, será el día; esta maldita lluvia me arrastra a la melancolía, como si su martilleo sobre los cristales fuese una última burla de mis lágrimas falsas de payaso. Cuando estás sobre el escenario, aunque sea el del circo, vives en una dimensión separada y paralela; dejas de ser tú mismo para prestarle tu cuerpo y tu rostro a un papel, a un fantasma que no existe más que en la contínua repetición de un mismo número. Pero, aunque casi nadie se pare a pensarlo, debajo de ese vidrio mojado que es la apariencia hay muchas otras cosas, cosas que a veces te impulsan a seguir adelante a pesar de todo y que a veces te muerden tan fuerte que únicamente te quedan las ganas de huir. Yo tengo varias máscaras que vestir, según se de el día: la máscara que me pongo mientras actúo, con su maquillaje exagerado; esa máscara de hombre huraño que me acompaña casi todo el resto del tiempo; o, como ahora, una máscara de borracho de bar que apura una copa tras otra. Pero hubo un tiempo y un lugar en el que tuve rostros mejores, de persona feliz: de alguien que se siente capaz de amar.<br />
<span id="more-1086"></span></p>
<p>Recuerdo, como hoy, el tamborileo continuo de la lluvia sobre el techo de latón, como cuando mi madre llenaba el barreño que constituía gran parte de su riqueza. Recuerdo el calor del fuego de la cocina, el confortable contacto del adobe caliente, el desafío de nuestros dos cuerpos al frío y al viento que hacía ahí fuera. Recuerdo aquellas tardes después de la función en las que me deslizaba sigiloso para verla, para intentar arrancarle el tintineo cristalino de su risa y para asaltarla con ternura en cuanto menos se lo esperara. Furtivos. Felices. Recuerdo esas cosas que te impulsan a seguir adelante.</p>
<p>Recuerdo esas cosas que, en días como hoy, te muerden muy fuerte.</p>
<p>Era imposible, y yo lo sabía. Lo sabíamos los dos. Cuando una semana después paró por fin la lluvia, ninguno podía dejar de pensar en que, en el momento en el que el sol hubiese secado mínimamente los caminos, el circo proseguiría su marcha y me arrancaría de aquel pequeño paraíso. Algo tan perfecto no podía durar, y de hecho parte de su perfección radicaba en su propia naturaleza efímera. Un payaso de circo y la cocinera de un obispo: ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar en un futuro para nosotros? ¿Cómo me ganaría la vida yo si me quedara allí, condenado a esconderme y a no verla más que entre una esquina y otra de la noche? Y, ¿qué podría hacer junto a una famélica tropa de circo una mujer como ella?</p>
<p>No, no hubiera funcionado nunca. Sin embargo, tal vez por ser ciega, fue la única capaz de verme. Cuando sus manos me descubrían era simplemente como lo que era: un hombre desnudo al que se le desbordaba el alma por el pecho. Cuando tocaba mi cara, no había ninguna barrera entre mi yo real y el que ella tenía a su alcance. Al absorber mi esencia sin prestarle atención a mis máscaras, me enseñó a mí mismo a mirarme así, liberado de estas falsas imágenes que siempre me acompañan. Y si hay algo que echo de menos es precisamente esa inocencia; el sentir que, por una vez, no era necesario fingir. Sentir que si era sincero no iba a recibir traiciones o burlas, sino un cariño lo suficientemente grande como para envolverme completo y hacerme sentir alguien hermoso.</p>
<p>Ponme la última. Aún queda media hora para la función.</p>
<div class="wordchooserbadge"><em>Ticket:</em> <b><a href="http://blog.andvaranaut.es/palabrejador?ticket=High and Dry">High and Dry</a></b>. <em>Palabras: </em><a href="http://rae.es/apostólico">apostólico</a>, <a href="http://rae.es/clown">clown</a>, <a href="http://rae.es/ginfizz">ginfizz</a>, <a href="http://rae.es/llar">llar</a>, <a href="http://rae.es/tambor">tambor</a></div>
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		<title>Martín [5x100]</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Oct 2009 23:37:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
				<category><![CDATA[5x100]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
		<category><![CDATA[nostalgia]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta historia es parte de 5x100. (+ info) El viento soplaba con fuerza y daba la impresión de ir a derribar la carpa de Martín a lo mínimo que éste se descuidase. Pero Martín, aunque farfullaba en todos los idiomas de la Tierra y tenía que hacer equilibrios inverosímiles para agarrar cada cabo que se [...]]]></description>
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<p>El viento soplaba con fuerza y daba la impresión de ir a derribar la carpa de Martín a lo mínimo que éste se descuidase. Pero Martín, aunque farfullaba en todos los idiomas de la Tierra y tenía que hacer equilibrios inverosímiles para agarrar cada cabo que se iba soltando, había desarrollado una rara habilidad para evitar el desastre; contra todo pronóstico, la inminente amenaza del estropicio no llegó a concretarse. Mientras nos llegaba el turno, yo me divertía atándole entre sí los cordones a mi hermana hasta hacerle tropezar, para enfado de mi madre, gran consternación de mi abuela y llantina de la pequeña.<br />
<span id="more-1029"></span><br />
Ocurría así todos los veranos. Martín estaba en Ortigosa tres o cuatro días a principios de Agosto, se ganaba los cuartos con sus retratos, y después recogía sus bártulos y seguía adelante, con su casa a cuestas, por las carreteras de Segovia. Nosotros solíamos llegar cuando ya estaba a mitad de faena, y siempre añadíamos alguna fotografía a esa colección familiar que lleva décadas adornando las mesas de nuestros salones. Por fin nos tocó, y allí nos colocamos todos muy dignamente &#8212;mi padre, mi madre, mis tres hermanos, la abuela y yo&#8212; delante del fogonazo del flash, que te dejaba durante unos segundos sin poder distinguir la luz de la sombra.</p>
<p>Todo parecía encajar a la perfección: en el pueblo siempre nos esperaban las mismas comidas de mi abuela, con su sabor rebosante a campo y a río, que nos hacían olvidar el aire viciado de la ciudad; salíamos a jugar al valle, entre amapolas, y de noche bajábamos a la charca, a perseguirnos entre nosotros y mirar las estrellas. En un suspiro se nos pasaban las dos semanas y teníamos que volver a Madrid. El ritual se repetía de año en año con la exactitud feliz de la infancia, que lo cree todo inevitable: si alguien me hubiera dicho entonces que tenía que despedirme de aquello no hubiera sido capaz de creerle, no hubiera sido capaz de comprender lo que esas palabras querían decir.</p>
<p>Cuando uno es un niño, no entiende la mitad de las cosas que escucha, aunque apriete el oído con fuerza contra la puerta mientras los mayores discuten. Pero sí que puede leer otros gestos: la preocupación, la urgencia, las pinceladas de aprensión en las miradas que se va cruzando y que antes eran francas y limpias. Y hubo pocos gestos que me impresionaran tanto como llegar por la polvorienta carretera de Ortigosa y encontrarme la carpa de Martín vacía, con pequeños y siniestros agujeros y algunos salpicones de sangre.</p>
<p>La mejor rebelión contra la injusticia es no aceptarla nunca. Es verdad que nos tocaba crecer de repente; tocaba olvidar el pueblo, la inocencia y la comida de la abuela, y prepararse para vigilarse siempre las espaldas y estar presto para la venganza. Que amanecían otros tiempos, más siniestros, donde tu vida podía quedar marcada simplemente por ser un fotógrafo un poco bohemio, o por el mero hecho de caerle mal a quien no debías. Pero supongo que nada ni nadie muere mientras haya alguien empeñado en no olvidarlo del todo. Muchas veces, cuando salgo tarde del trabajo y veo la foto de mi abuela sobre la mesilla al volver a casa, le rindo un homenaje silencioso a su cariño y a su cocina, a Martín con su cámara y a esa Ortigosa que no se perderá mientras la conserve en la memoria; y, sentado en el sofá, casi siento en los pies el agua nocturna y fresca de la charca, mientras cantan los grillos y llevo a mi hermana de la mano.</p>
<div class="wordchooserbadge"><em>Ticket:</em> <b><a href="http://blog.andvaranaut.es/palabrejador?ticket=En Seco">En Seco</a></b>. <em>Palabras: </em><a href="http://rae.es/anguila">anguila</a>, <a href="http://rae.es/criptón">criptón</a>, <a href="http://rae.es/franquismo">franquismo</a>, <a href="http://rae.es/resquebrajamiento">resquebrajamiento</a>, <a href="http://rae.es/trastada">trastada</a></div>
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		<title>Introducción a la conferencia &#8220;Petroglifos de Nicaragua y el hombre aleutiano&#8221;, del Prof. Humberto Cifuentes [5x100]</title>
		<link>http://blog.andvaranaut.es/2008/10/petroglifos-5x100/</link>
		<comments>http://blog.andvaranaut.es/2008/10/petroglifos-5x100/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 13 Oct 2008 04:29:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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		<category><![CDATA[atlántida]]></category>
		<category><![CDATA[lingüística]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><table class="badge_5x100" border="0">
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</tbody></table></p>
<p><a href="http://blog.andvaranaut.es/2008/10/petroglifos-5x100/"><img src="http://blog.andvaranaut.es/wp-content/uploads/2008/10/rosetta2.jpg" alt="" title="rosetta2" width="423" height="313" class="centered size-full wp-image-735" /></a></p>
<p>Déjenme empezar confesándoles que para mí, cuando era joven, asistir a conferencias solía ser un suplicio. Al menos así era en mi departamento, en donde la mayor parte de mis compañeros consideraban apasionante escuchar durante hora y media la vida y milagros del ugarítico tardío y su relación con el protosemítico, mientras que yo tenía que hacer malabarismos para no ponerme a roncar en las narices del doctor de turno. Claro está que mis actuales colegas, en aquel entonces, sólo lo eran porque compartíamos físicamente un espacio; de hecho, ellos, obedeciendo a su impecable formación (y no sé si a una latente antipatía), preferían usar para mí el término, quizá más exacto, de &#8220;El infiltrado&#8221;.<br />
<span id="more-731"></span><br />
Llegué aquí con el objetivo de crear sistemas expertos, programas capaces de entender una pregunta y de dar una respuesta coherente; así que era primero informático y después todo lo demás. Pensé que la formación, más completa y correcta, que podría obtener acerca del idioma en un curso de lingüistica me vendría bien; pero, a esas alturas, aburrido y desmotivado, ya estaba casi convencido de que no había sido buena idea. Si hoy, después de un giro de ciento ochenta grados, soy profesor de esta facultad y, si se me permite la inmodestia, alguien un tanto conocido, se debe únicamente al conferenciante al que tengo el gusto de presentar hoy: el profesor Humberto Cifuentes. </p>
<p>El profesor Cifuentes, a quien tengo el inmenso honor de contar entre mis amigos, supo despertar en mí el interés por el estudio de la lengua transmitiéndome su ánimo para afrontarlo, no como una materia muerta, sino como una herramienta de trabajo. Una herramienta que permitía resolver enigmas, descubrir relaciones ocultas entre etnias y tradiciones, y servir como parte indispensable del estudio del presente y del pasado. Allí donde otros se contentaban con la clasificación académica, Humberto siempre fue más allá; vivía, vive, con un entusiasmo casi atropellado, y ya entonces pasaba más tiempo recopilando tradición oral u observando inscripciones y documentos <em>in situ</em> que entre las paredes de su despacho. No debe sorprender, pues, que su agudo intelecto se volcara en el desarrollo de la Arqueolingüística, toda una revolución para la época. Y, desde hace ya veinte años, muchos han sido los lugares, identificados en la literatura sólo con un nombre aparentemente fantástico o imaginario, a los que el profesor ha sabido encontrar su correspondencia en el mundo real.</p>
<p>Creo que no hará falta que les recuerde cuál ha sido el mayor logro de la disciplina engendrada por el profesor Cifuentes. Pero no me resisto a decirles, porque lo viví, que si a cualquier persona de principios del siglo XXI se le hubiera dicho que un lingüista, a partir del cuidadoso análisis de la tradición épica de los pueblos de toda Europa, sería capaz de hallar la ubicación de la ciudad perdida de la Atlántida, directamente se hubiera echado a reir. Figúrense: la clave de uno de los enigmas más estudiados desde tiempos inmemoriales se hallaba en una serie de documentos que se conocían desde hacía varias generaciones. Pero sólo el profesor Cifuentes fue capaz de darle un sentido unitario a aquella maraña inconexa de dioses y leyendas y de poner un punto en el mapa, un punto certero y brillante. Cuando la rotunda silueta del primero de los templos sumergidos se dibujó en el radar del buque de exploración, todos fuimos conscientes de que estábamos participando en uno de los grandes hallazgos de la historia.</p>
<p>De todo aquello, en lo que tuve la fortuna de participar en primera persona, nos hablará hoy Humberto, así como de los resultados de sus recientes investigaciones en los petroglifos de las islas del Lago Nicaragua, que, de nuevo en una asombrosa revelación, nos indican que hubo un grupo de navegantes eurasiáticos que alcanzó Centroamérica mucho antes de lo que convencionalmente se ha creído. No quiero entretenerles más, de modo que, estimados colegas, gustosamente les dejo con el profesor Cifuentes y su conferencia &#8220;Petroglifos de Nicaragua y el hombre aleutiano&#8221;.</p>
<div class="wordchooserbadge"><em>Ticket:</em> <b><a href="http://blog.andvaranaut.es/palabrejador?ticket=Fuji Speedway">Fuji Speedway</a></b>. <em>Palabras: </em><a href="http://rae.es/apolonida">apolonida</a>, <a href="http://rae.es/desbocadamente">desbocadamente</a>, <a href="http://rae.es/etnolingüística">etnolingüística</a>, <a href="http://rae.es/ladinamente">ladinamente</a>, <a href="http://rae.es/pintada">pintada</a></div>
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		<title>Abandonar la Pampa [5x100]</title>
		<link>http://blog.andvaranaut.es/2008/09/abandonar-la-pampa-5x100/</link>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 01:36:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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		<category><![CDATA[pampa]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta historia es parte de 5x100. (+ info) Imagen de Digital Blasphemy Tuve que mirar dos veces para convencerme. &#8211; Es increíble. &#8211; Ya te dije que estaría aquí. Allí había un árbol. En mitad de la inmensa ladera volcánica, rodeado de la nada más absoluta, había un árbol desafiando a la esterilidad de todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><table class="badge_5x100" border="0">
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<td><img src="http://blog.andvaranaut.es/img/5x100.png" alt="" /></td>
<td>Esta historia es parte de <a href="http://blog.andvaranaut.es/5x100/">5x100</a>. (<a href="http://blog.andvaranaut.es/5x100/">+ info</a>)</td>
</tr>
</tbody></table></p>
<p><p style="font-size:80%; text-align:right; font-style: italic;"><img class="centered" src="http://blog.andvaranaut.es/wp-content/uploads/2008/09/greenandgold1_psp.jpg" />Imagen de <a href="http://digitalblasphemy.com">Digital Blasphemy</a></p></p>
<p>Tuve que mirar dos veces para convencerme.</p>
<p>&#8211; Es increíble.</p>
<p>&#8211; Ya te dije que estaría aquí.</p>
<p>Allí había un árbol. En mitad de la inmensa ladera volcánica, rodeado de la nada más absoluta, había un árbol desafiando a la esterilidad de todo el terreno circundante. Y no un árbol cualquiera, sino un ombú. Un ombú como aquellos a cuya sombra había descansado aliviado de la asfixiante humedad argentina, en la época de mi vida en la que me dedicaba a perseguir ganado en el rancho que mi tío tenía cerca de Venado Tuerto. Encontrármelo allí, tan fuera de lugar, resultaba bastante surrealista.</p>
<p>&#8211; ¿No quieres echarle una foto?</p>
<p>Lola tiraba de mi hacia adelante, y yo, todavía en estado de shock, me dejé arrastrar.</p>
<p>Aún tardamos un buen rato en llegar al ombú. Era un día espléndido, sin bruma, y la ausencia de otra cosa que no fuera monótona piedra negra falseaba el sentido de la escala. Cuando, tras casi una hora, logré tocar la blanda madera del árbol, me di cuenta de por qué habíamos subestimado la distancia: el árbol era enorme, por lo menos de veinte metros de alto y otros tantos de ancho. </p>
<p>Me senté bajo la copa del árbol y me apoyé en el tronco. Casi inmediatamente me vino a la mente mi tiempo en la Pampa. ¿Cuántas veces habría estado debajo de un árbol idéntico en San Marcos? Ya hacía tanto tiempo de aquello que las imágenes eran borrosas y confusas; pero, al cerrar los ojos y aspirar el olor denso a savia del ombú, inmediatamente me sobrevino un mosaico de otros recuerdos: el susurro del viento que solía soplar en Santa Fe, el calor del mate subiendo agradecido desde la guampa, el roce de mi perro mientras se acostaba a mis pies y vigilaba a las ovejas como una esfinge en miniatura, el sudor de esos días húmedos y asfixiantes que acababan rompiéndose en millones de gotas de lluvia. Jirones de memoria que flotaban a mi alrededor y empezaban a causarme un insoportable sentimiento de pérdida.</p>
<p>&#8211; No entiendo qué hace aquí este árbol. Este no es su sitio.</p>
<p>Había hecho el comentario más para mis adentros que otra cosa, pero noté que Lola me estaba mirando fijamente, con expresión apesadumbrada.</p>
<p>&#8211; Me odias, ¿verdad?</p>
<p>La pregunta, por su contenido y porque rompió bruscamente mi ensoñación, me cogió por sorpresa.</p>
<p>&#8211; ¿Por qué tendría que odiarte, Lola?</p>
<p>&#8211; Por haberte hecho abandonar tu vida.</p>
<p>&#8211; No te odio por ello. </p>
<p>Y era verdad. No la odiaba, en absoluto; era muy feliz con ella. Y los dos éramos conscientes de que era imposible compatibilizar la vida de una cirujana chilena con la de un vaquero argentino, sobre todo si entre ambas vidas había casi mil kilómetros. Ni siquiera me costó tomar la decisión, al casarnos, de trasladarnos los dos a Santiago. Estaba enamorado y sabía que, siendo joven y fuerte, no me faltarían el trabajo ni las comodidades en mi nueva aventura urbana. Pero, inevitablemente, a veces cerraba los ojos y revivía aquella juventud que había pasado en contacto con la tierra, tan dura y tan gratificante a partes iguales.</p>
<p>&#8211; Es sólo que este árbol me trae&#8230; recuerdos. Y que no entiendo cómo ha conseguido nacer aquí y sobrevivir, en mitad de la nada, en esta roca estéril.</p>
<p>Lola suspiró.</p>
<p>&#8211; Este árbol no ha nacido aquí. &#8212; Mientras hablaba, retiraba con sus pies algunas piedras de la base del árbol. Tras apartar varias, quedó al descubierto una densa capa de turba. Entendí que, en realidad, el ombú no se alimentaba misteriosamente del basalto, como parecía; en su lugar, la ladera era una especie de gigantesco macetero de roca. </p>
<p>&#8211; Estas tierras son de mi padre. Cuando cumplimos un año de casados, mandé hacer un agujero justo donde estamos, y pagué a un camionero para que desenterrase un ombú joven de cerca de San Marcos y me lo trajera hasta aquí. Me costó buena plata. &#8212; Sonrió tristemente. &#8212; Desde entonces, vengo cada vez que puedo a cuidar de él, y parece que ha ido bien. Ha crecido bastante en estos cuatro años.</p>
<p>Me quedé helado. No llegué a preguntar por qué lo había hecho, pero mi mirada lo hizo por mí.</p>
<p>&#8211; Tú eres como este árbol. Yo te traje aquí, te arranqué del sitio al que pertenecías por mi propio egoísmo. &#8212; Algunas lágrimas le resbalaron por la mejilla. &#8212; Y, aunque supongo que a veces no lo parece, soy consciente de ello y tengo mucho miedo. Igual que, cada vez que vengo aquí a cuidar del árbol, temo encontrármelo marchito; temo que mis esfuerzos no hayan sido suficientes para que su vida florezca, en este sitio tan extraño para él como Chile lo es para ti. Tengo miedo de que un día descubras que nunca debiste abandonar la Pampa, que tienes un vacío dentro por mi culpa que yo no soy capaz de llenar&#8230; por mucho que lo intente.</p>
<p>Hizo una pausa.</p>
<p>&#8211; Juan, este es mi regalo de aniversario. Es un pequeño trozo de aquello que te hice perder.</p>
<p>Lola se acurrucó junto a mí. Debajo de mi poncho, su abrazo me transmitía su calor. La abracé con fuerza y sonreí.</p>
<p>&#8211; Jamás me había sentido tan lleno como hoy.</p>
<p>Nos besamos. Enfrente, en el horizonte, las primeras estrellas de la noche iban apareciendo una a una.</p>
<div class="wordchooserbadge"><em>Ticket:</em> <b><a href="http://blog.andvaranaut.es/palabrejador?ticket=Bajo un cielo protector">Bajo un cielo protector</a></b>. <em>Palabras: </em><a href="http://rae.es/absolutorio">absolutorio</a>, <a href="http://rae.es/basalto">basalto</a>, <a href="http://rae.es/contrahacedor">contrahacedor</a>, <a href="http://rae.es/heredamiento">heredamiento</a>, <a href="http://rae.es/ombú">ombú</a></div>
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		<title>Vanishing act [5x100]</title>
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		<comments>http://blog.andvaranaut.es/2008/09/vanishing-act-5x100/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 01 Sep 2008 03:04:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta historia es parte de 5&#215;100. (+ info) Los dos lo han querido, me dijo su madre. ¿Los dos&#8230;? No es posible, señora, dije yo. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío. Federico García Lorca, &#8220;Amantes asesinados por una perdiz&#8221; La Cosma está realmente alterada. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<table class="badge_5x100" border="0">
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<td><img src="/img/5x100.png" alt="" /></td>
<td>Esta historia es parte de <a href="/5x100/">5&#215;100</a>. (<a href="/5x100/">+ info</a>)</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p style="text-align: right; padding-left: 120px;"><span style="color: #3366ff;"><em>Los dos lo han querido, me dijo su madre.</em></span></p>
<p style="text-align: right; padding-left: 120px;"><span style="color: #3366ff;"><em>¿Los dos&#8230;? No es posible, señora, dije yo. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío.</em></span></p>
<p style="text-align: right; padding-left: 120px;"><span style="color: #3366ff;"><em>Federico García Lorca, &#8220;Amantes asesinados por una perdiz&#8221;</em></span></p>
<p>La Cosma está realmente alterada.</p>
<p><em>De verdad que no pueo entenderlo, ¿sabe usté?, es una cosa de verdá que mu rara, cómo puede alguien tené esa mala sombra de irse de esa manera, con to lo que hemos hecho nosotros por ella, que no tendremos mucho, pero somos gente honrá y trabajadora, ¿sabe usted?, que nunca nadie nos ha regalao ná&#8230;</em></p>
<p>No ha visto a su sobrina Loli desde ayer por la noche, y se encontró esta mañana en su colchón una nota en la que Loli le dice que, para cuando la buena de la Cosma encontrase a alguien que se la leyera, ella ya estaría en Madrid buscando fortuna.</p>
<p><em>Yo de verdá que no puedo más, ¿sabe usté?, y encima&#8230; eso, me deja a mí la nota y yo que no se leé y tengo que ir a molestarle a usté, casi una hora andando con el sol, y gracias de verdad que usted ha sío bueno y me ha querío ahorrar el camino de vuelta a la casa, que si ahora tengo que volverme yo sola con este sol y con estas preocupaciones ya sí que no llego al cortijo&#8230;</em></p>
<p>Me da pena la Cosma. Al principio no quería montarse en el coche, porque a ella, como mujer antigua, siempre le ha dado un poco de respeto, pero me puse firme y le dije que si no era conmigo no le dejaba irse. La pobre es un cacho de pan y no tuve más que insistirle una vez. Ha subido con cara de susto y se ha pasado todo el camino de vuelta llorando en el asiento del copiloto.</p>
<p><em>Ay que vé, nosotros que siempre hemos doblao el espinazo como los que más, que se nos venga esta desgracia, que una ya está mu mayor, ¿sabe usté?, y no tiene corazón pa aguantarlo, primero lo de mi Antonio, que Dios lo tenga en su gloria, que mire que era bueno y ya ve, y ahora la Loli, ¡qué disgusto más grande!, y ahora qué le digo yo a la Petra&#8230;</em></p>
<p>Petra es la madre de Loli y se la conoce por su mal genio. La verdad es que Loli ha tenido vista desapareciendo justo cuando su madre está en Córdoba, en la feria de ganado; si Petra se hubiera enterado antes de las intenciones de su hija, la hubiera mandado emparedar. No me gustaría estar cerca cuando la Cosma le comunique la noticia, aunque visto desde una distancia seguro que sería todo un espectáculo.</p>
<p><em>Eso ha sío to cosa del zascandil ese, ¿eh?, seguro, pero mire que nunca&#8230; Ná más que le dejábamos verla una vez por semana, ni una más, que se distrajera lo justo, y no era pa mucho, ¿sabe usté?, a lo más que llegaban eran a darse un beso en la mejilla, y eso porque yo les dejaba, porque bien que yo tenía el ojo puesto. Pero me figuraba que eran jóvenes y que tendrían que rozarse siquiera un poquillo, que eso también es necesario, ¿sabe usté?, y boba de mí que ya casi que los veía llevando la era y las gallinas, criando mozos fuertes&#8230;</em></p>
<p>La Cosma se mesa los cabellos y llora como una Magdalena. Por detrás de los llantos, escucho el clic familiar de una cerradura. Es hora de irme.</p>
<p><em>Ay, de verdad que muchas gracias por todo, qué bueno que es usted&#8230; Ay, ay, que voy a hacé yo ahora&#8230;<br />
</em></p>
<p>Me despido de la Cosma, consolándola lo mejor que puedo. Arranco mi coche. En el maletero, apretujados y esperanzados, dos jóvenes se vienen conmigo hasta la ciudad.</p>
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		<title>Enriqueta [5x100]</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Aug 2008 17:15:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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<p>En mi casa manda mi mujer. Bueno, eso en realidad pasa en todas, pero a mí no me causa ningún problema reconocerlo directamente. Si esto lo dijera tal que así en el bar en el que voy a ver el fútbol, todos se reirían de mí en mi cara; pero, en el fondo, si los bares tienen tanto público es precisamente porque las mujeres se cansan de nosotros cuando nos ponemos a pegar voces y, usando sus sutiles artes femeninas, nos echan de casa para poder disfrutar con tranquilidad de la tarde del domingo. Decía Muñoz Molina que es imposible ser feliz un domingo por la tarde; supongo que estará casado, y que además el bar de su destierro futbolístico es cutre y tiene una tele pequeña. Bueno, o a lo mejor es que es del Atleti, yo qué se.</p>
<p>Tenía yo tan asumidas estas verdades universales, que nada me sorprendió más que el Martes aquel en que Enriqueta, con una sonrisa zalamera, me dijo:</p>
<p>&#8211; Cariño, puedes traerte a casa a tus amigos el fin de semana para ver el fútbol.</p>
<p>¡Alerta! ¡Alerta! Una luz de color rojo chillón empezó a girar dentro de mi cerebro.</p>
<p>&#8211;Hombre, estupendo. &#8212; No es que me sobraran los amigos, pero la perspectiva de poder ver el partido en pantuflas y sentado en mi propio sofá por una vez resultaba interesante. &#8212; ¿Y no te molestaremos mucho, amor? &#8212; dije, ocultando el retintín lo mejor que pude.</p>
<p>&#8211; ¡Oh!, no te preocupes por eso. Verás, es que este fin de semana voy a irme al campo. Me he apuntado a un cursillo de energías de la nueva era.</p>
<p>Ale, y lo soltaba así, sin anestesia. En realidad era lo común; Enriqueta jamás tenía a bien consultarme nada de lo que se proponía hacer, me involucrara directamente o no. Ya había aprendido a mantenerme al margen de sus planes &#8211;recordemos quién mandaba en casa&#8211;, pero la sospecha de que lo de las &#8220;energías de la nueva era&#8221; no tenía mucho que ver con la instalación de placas solares me puso inmediatamente la mosca detrás de la oreja.</p>
<p>Lo dejé estar pensando que sería algún tipo de broma pasajera. Craso error. Ya fue un aviso el encontrarme al día siguiente, presidiendo el salón, un cuadro a tamaño natural de lo que parecía ser una tribu indígena, en una entrañable escena en la que se veneraba a alguien que parecía sacado del carnaval de Tenerife (el &#8220;Gran Gurú Humaiatunga&#8221;, según mi mujer). Cuando llegué el Jueves del trabajo, me encontré los pasillos llenos de palitos ardiendo. Según ella, era incienso para &#8220;liberar la casa de malos espíritus&#8221;; según mi profana intepretación, era pelo de jabalí quemado, y además de un jabalí que no solía ducharse muy a menudo. Finalmente, el Viernes, tras dejarme la nevera llena de cervezas y darme un beso distraído, Enriqueta salió de casa sin dejarme la dirección, sin llevarse el móvil y sin el menor respeto por las más elementales normas de la elegancia en el vestir.</p>
<p>Ya es Lunes. Enriqueta no va a venir; me ha dicho que le ha gustado tanto el curso que se queda con el Humaiatunga ese a vivir en comunión con la naturaleza durante unos mesecitos. Que ya me mandará una postal de vez en cuando. La voy a echar de menos; la verdad es que no me hallo sin ella y sin su voz de fondo dándome órdenes o regañándome por mi torpeza a cada paso que doy. Pero, a cambio, soy por una vez el amo de la casa.</p>
<p>Mi equipo ganó ayer; aún hay alguna lata de cerveza en la mesa del salón, junto a los nudillos del Gran Gurú. Ahora que lo pienso, tengo una nevera llena de cervezas, una tele grande, mi mujer no está y la Liga acaba de empezar. Y tendré que hacer algo para no aburrirme los domingos. A lo mejor podría montar un bar.</p>
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		<title>Aurora [5x100]</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Aug 2008 20:05:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta historia es parte de 5&#215;100. (+&#160;info) &#8211; Pero&#8230; ¡los mataste! &#8211; No tenía elección. &#8212; Alb hizo una mueca de gravedad, que quedaba incluso cómica en su rostro de niño pequeño. Era cierto que no la tenía, aunque eso no lo hacía más fácil de tragar para Naima. Estaba acostumbrada a tratar con niños [...]]]></description>
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<p>&#8211; Pero&#8230; ¡los mataste!</p>
<p>&#8211; No tenía elección. &#8212; Alb hizo una mueca de gravedad, que quedaba incluso cómica en su rostro de niño pequeño.</p>
<p>Era cierto que no la tenía, aunque eso no lo hacía más fácil de tragar para Naima. Estaba acostumbrada a tratar con niños prodigio, y ya casi había conseguido aceptar sin pestañear que un renacuajo de dos o tres años fuera capaz de debatir sobre filosofía del siglo XIX o hacer cálculos de navegación en segundos. Pero, debajo de toda la retórica y la mente matemática, invariablemente se descubrían como lo que eran: niños, no acostumbrados a lidiar con temas más adultos. Proyectos de ciudadanos, con mentes de premio Nobel pero una inocencia tal que no hubieran durado diez minutos sin ser desvalijados en según qué estaciones de metro.</p>
<p>Por lo menos, así solía ser. Después de escuchar a Alb, se dio cuenta de que tendría que replanteárselo. Hundió la cabeza entre las manos.</p>
<p>&#8211; ¿Y por qué me lo cuentas ahora? ¿No hubiera sido más fácil callarte? &#8212; Acababan de cumplirse tres meses y Naima todavía tenía pesadillas con el Aurora.</p>
<p>Todo había empezado como suelen empezar los desastres: por un exceso de confianza. El Aurora era un enorme carguero que cubría rutas árticas, comercialmente muy lucrativas pero minadas de peligros. Para protegerse de cualquier eventualidad, el barco estaba reforzado hasta extremos asombrosos, y era considerado, a todos los efectos, imposible de hundir.</p>
<p>De hecho, cuando un gigantesco iceberg se empotró contra el casco del Aurora apenas unos días antes de cumplirse 135 años del desastre del Titanic, el barco no se hundió. Pero el golpe fue lo suficientemente violento como para desprender el techo de la sala de máquinas; una placa de plomo de casi cien metros cuadrados de área y dos de espesor que, tras caer sobre el corazón del barco, lo dejó tan irreconocible como una avispa aplastada por un matamoscas metálico.</p>
<p>Lo peor no es que estuvieran en mitad del Ártico, sin luz, radio ni posibilidad de girar el timón. Lo peor era que los potabilizadores también habían dejado de funcionar. Pudieron salvar apenas ocho litros de agua potable. Ocho litros para una tripulación de tres personas adultas y un niño, abandonados sin perspectiva de ser rescatados en no se sabía cuánto tiempo.</p>
<p>Para completar la ironía, el Aurora llevaba en su bodega miles de toneladas de comida. Precisamente para aprovechar hasta el último gramo su capacidad, la comida había sido liofilizada, lista para ser restaurada a todo su esplendor sin más que añadir unas gotas de agua. Unas gotas del agua que no tenían en ese maldito barco.</p>
<p>Sólo había una forma de salir: una diminuta embarcación que podía acomodar a una persona y que contaba con un motor fuera-borda. No sería suficiente para llegar a tierra hasta pasados al menos tres o cuatro días, pero cabía la posibilidad de que encontraran otro barco que pudiera auxiliarles por el camino. Lo echaron a suertes y Naima fue la encargada de ir a buscar ayuda. Partió en la barcaza con cinco litros de agua, una brújula y unas confusas indicaciones para llegar a la base del Cabo Zhelaniya, a casi cien kilómetros al sur.</p>
<p>Tardó cuatro días en llegar a tierra y tres en volver. Cuando el equipo de rescate llegó al Aurora, encontró a Alb, aferrando un biberón casi vacío con expresión asustada y demacrada, y a los otros dos marineros deshidratados hasta la muerte.</p>
<p>Aunque nunca quiso preguntarle a Alb cómo había sido, el único consuelo que le quedaba era pensar en la nobleza de sus dos compañeros, mártires que habían sacrificado su propia vida para salvar la del niño. Y ahora se enteraba de que no había habido nada de heroísmo en ellos, sino que una pequeña modificación introducida por Alb en las puertas de sus habitaciones les había dejado encerrados, sin esperanza de salir para alcanzar las preciosas botellas de agua que habían quedado en el barco.</p>
<p>Naima dejó escapar un grito ahogado. No podía creérselo.</p>
<p>&#8211; ¿Por qué ahora, Alb?</p>
<p>&#8211; Naima, te lo cuento porque estuvo mal lo que hice. Aunque la alternativa fuera la muerte de los tres. No creas que yo duermo tranquilo desde entonces. Tú estabas con nosotros en el barco y sabes lo&#8230; desesperados que estábamos &#8212; Alb pareció encogerse todavía más &#8211;. Sé que no tenía elección si quería salvarme. ¡Lo sé! Pero necesito oírlo de tu boca. Necesito&#8230; &#8212; las lágrimas asomaron a sus ojos &#8211;, necesito que me perdones. Por favor.</p>
<p>Naima suspiró y abrazó con fuerza a Alb. Después de todo, aún seguía siendo un niño.</p>
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		<title>Dos pavos reales [5x100]</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Aug 2008 04:43:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>CP</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta historia es parte de 5&#215;100. (+&#160;info) El señor Macià siempre había adorado la botánica. Recitaba nombres de plantas y semillas con el mismo fervor que otros prefieren dedicar al balompié o a los padrenuestros; y no había dolencia ni necesidad, por rebuscada que fuese, para la que no se apresurase a sugerir el uso [...]]]></description>
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<p>El señor Macià siempre había adorado la botánica. Recitaba nombres de plantas y semillas con el mismo fervor que otros prefieren dedicar al balompié o a los padrenuestros; y no había dolencia ni necesidad, por rebuscada que fuese, para la que no se apresurase a sugerir el uso de sus remedios vegetales preferidos. La asombrosa efectividad de sus consejos le había convertido en una autoridad en el alivio del dolor, para gran consternación de Francesc, que siempre acababa teniendo que sacar de la tienda de Macià a algún paciente demasiado tímido para consultarle.</p>
<p>Francesc había llegado hace seis meses, recién terminada la carrera; su presencia allí delataba que el pueblo empezaba a prosperar. El Lunes que llegó, tímidamente, colgó en su consulta su título de médico y una especie de blasón familiar, en el que dos pavos reales entrecruzaban sus cuellos sobre un campo verde. Los tres primeros días nadie fue por allí; el cuarto, su rapidez con la sutura salvó de morir desangrados a tres mozos, a los que un desafortunado accidente les había causado profundos cortes en piernas y pies. Cuando, en la misa del domingo, el párroco dio gracias por la tragedia evitada, notó que las miradas que se clavaban en él ya no eran de desconfianza, sino de agradecimiento, y se sintió a la vez turbado y feliz.</p>
<p>Lejos de verse como competidores, entre Macià y Francesc se estableció pronto una franca amistad. Francesc escuchaba con atención toda la sabiduría popular que atesoraba Macià, y éste disfrutaba enormemente con las explicaciones fisiológicas y los pesados atlas de anatomía de Francesc. Tenían en común el cariño del pueblo, aunque también era <em>vox populi</em> el considerarles algo excéntricos; el uno por sus excursiones botánicas, el otro por su afición a devorar las obras de Medicina que había arrastrado hasta el pueblo en un gigantesco cofre.</p>
<p>Hay que decir que Macià se había ganado a pulso el derecho de ser como le viniera en gana, ya que era un hombre razonablemente rico. Su tienda era famosa no sólo por sus remedios medicinales, sino por la calidad y finura de sus especias y de sus perfumes, que el señor Macià preparaba destilando esencias de flores recien abiertas en primavera. Bajo llave, guardaba otros brebajes más peligrosos; Macià le explicó que ciertas plantas, beneficiosas en pequeñas dosis, podían envenenar o causar la locura a un hombre si no se administraban correctamente, por error o por motivos más siniestros. Venían compradores de toda la comarca, de la misma Barcelona y de más allá, y cada semana aparecía en las puertas del pueblo algún viajero, con rostro ausente y polvoriento, que entregaba un cargamento exótico en la tienda y desaparecía con el mismo cansancio espectral con el que había llegado.</p>
<p>Una noche en la que habían compartido ya bastantes vasos de vino, Francesc se vio envuelto en una pelea. Debió ser bastante desigual, porque cuando despertó sólo recordaba que alguien le había partido una silla en la cabeza. Dolorido, miró a su alrededor y vio a Macià, que le miraba con expresión divertida.</p>
<p>&#8211; Supongo que eres tú el que me ha sacado de allí.</p>
<p>&#8211; Sí; creo que la próxima vez intentaré que te sientes de forma más civilizada.</p>
<p>&#8211; Entonces, te debo un favor.</p>
<p>&#8211; En absoluto &#8211;, dijo Macià, guiñando un ojo, &#8212; el primer favor lo hago gratis. Ya te haré otro favor algún día, y ese sí tendrás que devolvérmelo. Aunque, pensándolo bien, te podría pedir que quitaras el cuadro ese de los pavos reales que tienes en la consulta, que me da bastante grima. &#8212; Macià soltó una risotada.</p>
<p>&#8211; La verdad es que a mí tampoco me gusta, aunque&#8230;</p>
<p>Francesc dudó un momento antes de terminar. Macià pareció interesarse.</p>
<p>&#8211; Verás, en el fondo lo tengo puesto por mi padre. Desde niño siempre ha estado pendiente de él. &#8212; Francesc hizo una mueca. &#8212; Le gusta recordar que somos los únicos herederos legítimos de este blasón. Algo tuvo que pasar hace mucho tiempo; nunca ha querido contármelo, pero el caso es que mi padre siempre ha estado obsesionado con la idea de encontrar a esos misteriosos herederos ilegítimos, supongo que para saldar alguna cuenta absurda con ellos. Mucho me temo que yo no le voy a ser de mucha ayuda en ese empeño &#8212; dijo Francesc, que no pudo disimular una cierta expresión de amargura.</p>
<p>&#8211; Es curioso &#8212; terció Macià. &#8212; Cuando uno trata con mercaderes, siempre se oyen todo tipo de historias. Todas se parecen entre ellas, pero la tuya me resulta peculiar&#8230; por algo. &#8212; Macià pareció reflexionar un momento. Luego, se encogió de hombros y sonrió. &#8212; Pero tu escudo me sigue pareciendo feo. &#8212; Salió de la habitación y Francesc se abandonó de nuevo al sueño.</p>
<p>Una noche de la semana siguiente, a Francesc le despertaron bruscamente unos golpes en la puerta. Estaba en su consulta, donde tenía por costumbre leer hasta muy tarde; tenía una cama en una estancia anexa, pero la mayor parte de las veces se dormía de bruces en la mesa. A primera vista, reconoció la mirada extraña y ansiosa de los comerciantes con los que trataba Macià y pensó que se habría equivocado de puerta, ya que la tienda de Maciá quedaba justo enfrente de su consulta. Pero pronto se percató de que aquel hombre no estaba nada bien. Tenía los ojos fuera de las órbitas y temblaba de la cabeza a los pies, agitado y convulso; parecía que hubiera visto al mismísimo diablo. Agarró con fuerza a Francesc por los antebrazos y se lo quedó mirando con la cara desencajada.</p>
<p>A Francesc le parecieron horas, pero ese momento sólo duró un segundo. El hombre volvió la cara hacia la puerta de la tienda de Maciá, que estaba entreabierta, soltó a Francesc, cayó redondo al suelo y murió en el acto.</p>
<p>La tienda estaba vacía. Sobre la mesa había dos vasos de té, uno lleno y otro a medio beber. Junto a este último estaba el paquete que, presumiblemente, venía de entregar el desafortunado viajero. Una carta explicaba que el señor Macià había salido de viaje, a la Toscana, y que pasaría allí un par de meses, recopilando nuevas plantas y haciendo provechosos contactos comerciales. Cerraba la carta de forma enigmática: &#8220;Sé que Francesc, que está perfectamente capacitado, no tendrá inconveniente en hacerse cargo de lo que la tienda necesite, y a él le encomiendo con gusto esa tarea. Al fin y al cabo, me debe un enorme favor&#8221;.</p>
<p>Francesc volvió a mirar el paquete. Entre ramas y polvo de algo parecido al incienso, había una diminuta y suntuosa peineta, rematada por un grabado en el que lucían orgullosos los dos pavos reales de su blasón.</p>
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