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Gentes y gobiernos (#flotilla)

Imagen de Eneko

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Aunque para buena parte de los europeos los americanos tienen fama de catetos ignorantes, una de las conclusiones básicas de mis estancias en USA es que, en realidad, este estereotipo —buscando paralelismos locales— no es más cierto que el del andaluz vago o el del español que va al trabajo en su caballo y ataviado con su sombrero cordobés. Haberlos haylos, pero también hay muchísimos otros que son leídos, inquietos, liberales, viajados, solidarios, preocupados por los derechos civiles y por el progreso; en general, todas esas virtudes que definen a los “ciudadanos del mundo” en esta época nuestra. También yo tuve la suerte de caer en un entorno en el que este era el tipo de persona predominante, pero sí es cierto que no hay nada como conocer a la gente, como ver sus actos de primera mano, para que se caigan muchas de las vendas que, deliberadamente o no, llevamos sobre los ojos.

En esta línea, una vez conocí a un chico estadounidense en un congreso (el de Rochester, que os conté en su día). Lo cierto es que, como es habitual en mí, no recuerdo su nombre, pero sí que recuerdo bastante bien al personaje. Era una persona interesante y culta, que trabajaba con un importante colega en el campo de la fractura. Pero su background no era precisamente académico; venía de una familia de militares y había estado él también echando sus ratitos en el ejército norteamericano.

Recuerdo que este chico, mientras compartíamos una agradable cena, me contó cómo había estado rulando por medio mundo, destinado de base en base. Y, también destrozando estereotipos, me dijo que él no detectaba ninguna animadversión hacia los soldados allá donde había estado, a pesar de que en la época que le tocó el no a la guerra estaba a la orden del día. Que estaba realmente agradecido por la capacidad de la gente con la que se relacionaba para separar las acciones de las personas, de ciudadanos como él, de las de sus gobiernos, con las que muchas veces ni siquiera ellos mismos —cuyo trabajo consiste en llevarlas a cabo— estaban de acuerdo.

Ayer Lunes el ejército israelí, en la enésima muestra de su amor por el ancho del embudo, interceptó en aguas internacionales una flotilla de barcos destinada a Gaza y cargada de ayuda humanitaria. Y no sólo eso, que dentro del discurso que mantienen (poco justificable, a mi entender) podría ser comprensible, sino que además lo ha hecho con lo que parece ser un despliegue de violencia completamente desproporcionado, que ha acabado con la vida de al menos nueve activistas (algunas fuentes hablan de 16 muertos) y con decenas de heridos.

Sé que las cosas nunca suelen ser blancas y negras, y que siempre es necesario conocer todas las partes de una historia antes de atreverse a juzgarla. Pero creo que, incluso para un país como Israel —que nunca se ha distinguido precisamente por la mesura en sus actividades—, este ataque ha sido caer demasiado bajo. Tanto lo ha sido que incluso una pequeña parte de mi desea que no nos hayamos enterado de todo, que se trate de algo más que de lo que parece: un asalto a sangre fría contra una operación humanitaria, un acto de barbarie calculada. Desea que haya algún tipo de explicación mínimamente racional a esta masacre.

En cualquier caso, las reacciones de gobiernos y ciudadanos individuales, con alguna notable excepción, no se han hecho esperar; habrá que ver si la diplomacia mundial, habitualmente tan poco funcional, está a la altura. Pero, en mitad de esta barahúnda, en mitad del goteo de noticias y tweets deprimentes, ha habido uno en particular que me ha llamado la atención y que me ha hecho recordar aquella lejana noche de 2006 en la que este chico americano me hablaba de la separación entre gente y gobiernos:

dimireider 2,000+ Israelis r now protesting against #flotilla raid opposite Defence Ministry in Tel Aviv. Please RT widely: Not all Israelis r insane

(Trad: dimireider Más de 2,000 israelíes protestan ahora contra el asalto a la flotilla frente al Ministerio de Defensa en Tel Aviv. Por favor retweetea a todos: no todos los israelíes están locos)

Tal vez, entre todo el ruido, haya esperanza. Visto lo visto, nos hará falta toda la que podamos encontrar.