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Amapolas Torcidas

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Clown [5×100]

Esta historia es parte de 5x100. (+ info)

Hoy voy a contaros una historia triste. Qué le voy a hacer, será el día; esta maldita lluvia me arrastra a la melancolía, como si su martilleo sobre los cristales fuese una última burla de mis lágrimas falsas de payaso. Cuando estás sobre el escenario, aunque sea el del circo, vives en una dimensión separada y paralela; dejas de ser tú mismo para prestarle tu cuerpo y tu rostro a un papel, a un fantasma que no existe más que en la contínua repetición de un mismo número. Pero, aunque casi nadie se pare a pensarlo, debajo de ese vidrio mojado que es la apariencia hay muchas otras cosas, cosas que a veces te impulsan a seguir adelante a pesar de todo y que a veces te muerden tan fuerte que únicamente te quedan las ganas de huir. Yo tengo varias máscaras que vestir, según se de el día: la máscara que me pongo mientras actúo, con su maquillaje exagerado; esa máscara de hombre huraño que me acompaña casi todo el resto del tiempo; o, como ahora, una máscara de borracho de bar que apura una copa tras otra. Pero hubo un tiempo y un lugar en el que tuve rostros mejores, de persona feliz: de alguien que se siente capaz de amar.

Recuerdo, como hoy, el tamborileo continuo de la lluvia sobre el techo de latón, como cuando mi madre llenaba el barreño que constituía gran parte de su riqueza. Recuerdo el calor del fuego de la cocina, el confortable contacto del adobe caliente, el desafío de nuestros dos cuerpos al frío y al viento que hacía ahí fuera. Recuerdo aquellas tardes después de la función en las que me deslizaba sigiloso para verla, para intentar arrancarle el tintineo cristalino de su risa y para asaltarla con ternura en cuanto menos se lo esperara. Furtivos. Felices. Recuerdo esas cosas que te impulsan a seguir adelante.

Recuerdo esas cosas que, en días como hoy, te muerden muy fuerte.

Era imposible, y yo lo sabía. Lo sabíamos los dos. Cuando una semana después paró por fin la lluvia, ninguno podía dejar de pensar en que, en el momento en el que el sol hubiese secado mínimamente los caminos, el circo proseguiría su marcha y me arrancaría de aquel pequeño paraíso. Algo tan perfecto no podía durar, y de hecho parte de su perfección radicaba en su propia naturaleza efímera. Un payaso de circo y la cocinera de un obispo: ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar en un futuro para nosotros? ¿Cómo me ganaría la vida yo si me quedara allí, condenado a esconderme y a no verla más que entre una esquina y otra de la noche? Y, ¿qué podría hacer junto a una famélica tropa de circo una mujer como ella?

No, no hubiera funcionado nunca. Sin embargo, tal vez por ser ciega, fue la única capaz de verme. Cuando sus manos me descubrían era simplemente como lo que era: un hombre desnudo al que se le desbordaba el alma por el pecho. Cuando tocaba mi cara, no había ninguna barrera entre mi yo real y el que ella tenía a su alcance. Al absorber mi esencia sin prestarle atención a mis máscaras, me enseñó a mí mismo a mirarme así, liberado de estas falsas imágenes que siempre me acompañan. Y si hay algo que echo de menos es precisamente esa inocencia; el sentir que, por una vez, no era necesario fingir. Sentir que si era sincero no iba a recibir traiciones o burlas, sino un cariño lo suficientemente grande como para envolverme completo y hacerme sentir alguien hermoso.

Ponme la última. Aún queda media hora para la función.