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Lisboa, día 4

Después de tornear nuestros muslos en Sintra, el cuarto día teníamos como objetivo completar el camino de los Reyes Magos: si el segundo día habíamos estado en Oriente, el cuarto nos tocaba llegar a Belém. Belém es un barrio de Lisboa que originalmente era una ciudad independiente en toda regla, y se nota tanto en la distancia que lo separa del centro lisboeta como en la concentración de sitios interesantes que hay por allí.

La Torre de Belém, uno de los hitos más reconocibles de Lisboa.

La Torre de Belém, uno de los hitos más reconocibles de Lisboa.

A Belém no llega el Metro, pero se puede ir en autobús o tranvía sin problemas. El tranvía que llega a Belém (ropopompóm) es el 15 y se puede coger en varios sitios del centro, como en Praça Figueira o en la Praça do Comercio. A diferencia de la mayoría de tranvías lisboetas, que parecen sacados de una película en blanco y negro, el 15 es un tren moderno, bastante más largo y confortable.

Vista desde el tranvía, con el Puente 25 de Abril al fondo.

Vista desde el tranvía, con el Puente 25 de Abril al fondo.

Dicho esto, un servidor metió la pata a la hora de bajarnos del Metro y aparecimos una estación antes de lo debido, en Restauradores en vez de en Baixa-Chiado. Haciendo de la necesidad virtud, aprovechamos para dar una vuelta por el barrio de Chiado, cerca de la parada, de camino hacia el lugar donde esperaba el tranvía.

El bonito Teatro da Trindade, en Chiado.

El bonito Teatro da Trindade, en Chiado.

Chiado es uno de los barrios tradicionales de Lisboa. Está en una zona intermedia entre Baixa y el Bairro Alto, lo cual significa dos cosas: que es muy típico pasear por Baixa y Chiado en la misma tarde, y que, como no podía ser de otra manera, las calles que van en dirección a Chiado desde el centro son cuestas bastante serias. Para evitarnos un poco el pateo, en la misma Praça dos Restauradores cogimos el Elevador da Glória, un funicular que sube con una pendiente vertiginosa hasta un buen punto donde empezar el recorrido por Chiado.

La Calçada da Glória, vista desde dentro del Elevador.

La Calçada da Glória, vista desde dentro del Elevador.

Dimos un paseíto por el barrio —lleno de encanto y de subidas y bajadas, como toda Lisboa— y acabamos en las proximidades del Elevador de Santa Justa, desde donde hay una vista preciosa de la ciudad.

Baixa y Rossio desde el acceso al Elevador de Santa Justa. A la izquierda, parte de la Igreja do Carmo; a la derecha del todo, el elevador, con la Rua de Santa Justa al fondo. Ver en grande

Baixa y Rossio desde el acceso al Elevador de Santa Justa. A la izquierda, parte de la Igreja do Carmo; a la derecha del todo, el elevador, con la Rua de Santa Justa al fondo. Ver en grande

El Elevador de Santa Justa es un ascensor, se dice que obra de un discípulo de Eiffel, que salva el desnivel entre Baixa y Chiado. Es una atracción muy popular entre los turistas, y ciertamente la perspectiva que se tiene de la ciudad merece la pena. El contraste entre el orden rectilíneo de la parte reconstruida, que confluye en la elegante Praça Dom Pedro IV, y el incipiente desorden que se percibe a su alrededor ayuda a dar una idea de la magnitud del desastre de 1755. Eso sí, un truco para época alta: coged el ascensor para bajar, que para subir hay una cola tremenda…

El Castelo de Sao Jorge, dominando Alfama, desde la plataforma del Elevador.

El Castelo de Sao Jorge, dominando Alfama, desde la plataforma del Elevador.

Una vez el elevador nos dejó en Baixa, en cuestión de minutos estábamos montados en el eléctrico 15, que, sin alejarse mucho del borde del Tajo, nos llevó hasta Belém. Allí nos esperaba la primera visita “cultural” del día, y, como os he puesto antes, uno de los hitos más conocidos de toda Lisboa: la Torre de Belém.

El Puente 25 de Abril, desde el acceso a la Torre de Belém. A la izquierda del puente, el Monumento a los Descubridores; a la derecha, el Cristo de Almada. Obsérvese la cola :P

El Puente 25 de Abril, desde el acceso a la Torre de Belém. A la izquierda del puente, el Monumento a los Descubridores; a la derecha, el Cristo de Almada. Obsérvese la cola :P

La Torre de Belém es uno de los exponentes del estilo manuelino, que viene a ser el estilo arquitectónico típico de cualquier cosa portuguesa que tenga pinta de ser señorial y medianamente antigua. Construida como torre de defensa y como forma de controlar la entrada de las naves por el Tajo, originalmente estaba prácticamente en el medio del río, en un delgado brazo de tierra. Luego se le ha ido ganando terreno al río y actualmente las construcciones de la ribera casi han alcanzado el lugar de la torre.

Mu potito todo, oyes…

Mu potito todo, oyes…

Para ser, teóricamente, un bastión defensivo, la torre no es que meta demasiado miedo. Además, tiene una atípica forma de L, una prueba más de que el pueblo portugués, otra cosa no, pero original es un rato: sólo una parte de la torre sube hasta las cinco alturas, mientras que la extensión completa de la torre únicamente la ocupan la planta baja, la azotea y el sótano. Un patio interior permite la entrada de luz a la planta baja, donde, aparte de atracciones turísticas, queda alguno de los cañones que la torre empleaba como método diplomático.

¡A por ellos, oe!

¡A por ellos, oe!

Los bajos de la torre son un ejercicio de claustrofobia: el techo está bajísimo y hay que ir haciendo malabarismos para no dejarse los cuernos. En origen mazmorra y almacén de pólvora, ahora tiene una labor un tanto más deshonrosa: la de aseo. Si la planta baja es opresiva, la azotea de la torre es todo lo contrario: con su aspecto de cubierta de barco, sus detalles arquitectónicos y sus vistas sobre el estuario, es quizá el punto más interesante de la visita. Tiene, además, la característica de que es el único sitio en el que se puede respirar un poco, por lo menos en temporada alta: el resto de la torre, entre que está hecha para una población de pitufos y la cantidad de turistas, es una odisea para subir y bajar.

La “cubierta”, vista desde la tercera planta de la torre.

La “cubierta”, vista desde la tercera planta de la torre.

Lo cierto es que el resto de plantas de la torre no tienen nada demasiado interesante; son plantas pequeñas y cuadradas, en las que apenas hay contenido de ningún tipo (más que nada, unos cuantos paneles). Un tanto cutrecillo, aunque tampoco es el objetivo mayor de la visita. Para compensar, cada una de las plantas tiene una serie de balcones que hacen de miradores, y ninguna planta es idéntica del todo a la siguiente.

Una ventana a Lisboa.

Una ventana a Lisboa.

Lógicamente, ya que está uno allí sube a la última planta, pero la verdad es que no merece demasiado la pena hacerlo si a cambio tienes que perder un rato en el proceso. El único acceso a las plantas superiores es una claustrofóbica escalera de caracol que cada vez se hace más estrecha, teniendo que hacer auténticos malabarismos para subir y bajar (les falta poner un semáforo, porque un guardia no les cabe). Hay que armarse de habilidad… y de paciencia para aguantar las interminables colas. Poco recomendable en temporada alta.

No se me amontonen en la puerta…

No se me amontonen en la puerta…

Después de la visita a la Torre de Belém, y antes de visitar la segunda gran atracción del día —el Monasterio de los Jerónimos—, nos dimos una vuelta por el entorno de los dos monumentos. Aparte del Puente 25 de Abril, que domina el estuario desde la distancia cercana, lo que más llama la atención es sin duda el Monumento a los Descubrimientos, una imponente construcción que conmemora el V centenario de la muerte de Enrique el Navegante (me niego a ponerlo con H :P) que se asoma al río con sus 52 metros de altura.

El Monumento a los Descubrimientos.

El Monumento a los Descubrimientos.

En el promontorio, que recuerda la proa de un barco, un panteón de ilustres portugueses, encabezados por el propio Enrique, recuerda el esplendor luso en la Era de los Descubrimientos. Nosotros no entramos, pero también tiene una sala de exposiciones y un ascensor (algo notable en Portugal) que te lleva al mirador de la cima. A los pies del monumento, hay una enorme rosa de los vientos, regalo de Sudáfrica, que sólo puede verse bien desde el mirador… o desde Google, naturalmente 😉

Nobles portugueses, esperando a Cristiano Ronaldo para pedirle un autógrafo.

Nobles portugueses, esperando a Cristiano Ronaldo para pedirle un autógrafo.

Un paso inferior —el barrio está partido en dos por una vía de tren; del lado del río quedan la Torre de Belém y el Monumento a los Descubridores, y del otro el Monasterio, el Centro Cultural de Belém y en general el resto de Lisboa— nos lleva desde el Monumento al entorno del Monasterio de los Jerónimos. El edificio impone por su tamaño y por su ornamentación: una joya del estilo manuelino a la mayor gloria de Vasco de Gama.

El Pórtico Sur del Monasterio.

El Pórtico Sur del Monasterio.

El Monasterio se alza sobre lo que solía ser una ermita, fundada por Enrique el Navegante; en esa ermita pasaron la noche rezando los miembros de la expedición de Vasco de Gama antes de partir en busca de una ruta por mar hasta la India. Cuando volvieron, después de un durísimo y apasionante viaje, lo hicieron habiendo garantizado la hegemonía portuguesa en el comercio marítimo con la India y con sus preciadas especias.

La tumba de Vasco da Gama.

La tumba de Vasco da Gama.

Vasco da Gama no llegó a ver terminado el monasterio; murió en 1524, muchos años antes de que éste se terminara completamente, y además lo hizo en la India, donde había sido nombrado virrey. Pero sí está en Belém su tumba, pagada —como el resto del monasterio— con los impuestos procedentes del comercio que posibilitó gracias a sus viajes como descubridor. El Monasterio todavía seguiría retocándose hasta épocas muy recientes: en 1850 se construye una ampliación que hoy en día alberga un museo arqueológico y parte del Museo de la Marina.

Zona de la ampliación.

Zona de la ampliación.

El Monasterio es una visita no demasiado larga, pero muy intensa, algo que agradecimos después del rato que habíamos estado haciendo cola en la Torre de Belém para subir y bajar (y para comprar la entrada, claro). Gracias a la magia de los tickets combinados, pudimos entrar directamente en el monasterio, no sin antes asomarnos a la impresionante nave, donde, entre otros altos nobles portugueses, descansan los restos de Vasco da Gama y Enrique el Navegante.

La nave, con sus enormes pilares.

La nave, con sus enormes pilares.

Aparte de la nave, el monasterio se articula en torno a un hermoso y luminoso claustro central. A su alrededor, dos niveles de galerías porticadas permiten el paso de una estancia a otra y la contemplación del conjunto. Una fuente saluda al visitante desde el centro del claustro, que resulta íntimo y protector a pesar de su gran tamaño, un espacio para el recogimiento al que el exterior no puede manchar.

El claustro, con sus galerías.

El claustro, con sus galerías.

A su alrededor, están el presbiterio, el acceso al coro de la nave central, la sala capitular —con la tumba del primer alcalde de Belém, afamado historiador luso— y otras habitaciones, entre ellas una donde vimos una interesante exposición temporal sobre la historia del Monasterio, desde hace más de cinco siglos, en el contexto de la historia portuguesa y del mundo.

Rincones…

Rincones…

La visita al monasterio queda absolutamente recomendada. Lo disfruté bastante más que la Torre, también porque es un sitio mucho mejor dimensionado para acoger a todo el turisteo veraniego y porque ofrece refugio del calor. En la exposición de la que os acabo de hablar había fotos históricas del monasterio, incluyendo algunas en las que se muestra como el centro del claustro solía tener bancos de madera junto a la fuente: debía ser glorioso dejar pasar las horas en las tardes de primavera, recibiendo el calor del sol, mirando al cielo azul y sintiendo algunas gotas furtivas caer en la cara.

El coro, con la bóveda de la nave y el rosetón al fondo.

El coro, con la bóveda de la nave y el rosetón al fondo.

Tras la visita al Monasterio, repusimos fuerzas en los jardines del entorno. Hice un tímido intento por comprar el dulce típico de Belém —un pastel de nata que se toma con azúcar y canela—, pero la cola en la “typical shop” era, para variar, kilométrica, así que me conformé con una especie de granizada de té verde del Starbucks (horriblemente cara, pero estaba espectacular de buena).

Este avión (bueno, el de verdad) hizo el primer vuelo entre Portugal y Brasil.

Este avión (bueno, el de verdad) hizo el primer vuelo entre Portugal y Brasil.

Nuestra siguiente parada era el Museo del Azulejo, que Sara tenía interés por ver, y que la verdad es que está en un sitio un poco complicado; sólo se puede llegar en autobús, y está retirado del centro, a medio camino entre Alcántara Mar (parada de Cercanías y centro comercial) y la zona de la Expo. Tras un buen rato en el 28 y de perdernos un poco (el autobús deja en mitad de la nada, prácticamente en un paso elevado de una carretera al lado de una estación portuaria de contenedores)… al final lo conseguimos encontrar.

La Anunciación de Jesús a los Estrábicos (vedlo en grande y lo entenderéis…)

La Anunciación de Jesús a los Estrábicos (vedlo en grande y lo entenderéis…)

El Museu Nacional do Azulejo está, como es habitual en este tipo de entidades lisboetas, en un bonito edificio histórico restaurado, en este caso el antiguo convento de Madre de Dios. Su colección se nutre tanto de decoraciones eclesiásticas como de otras más laicas, por lo que hay desde retablos hasta representaciones de la versión portuguesa del corro de la patata.

Con el bugui, bugui, bugui, bugui, bugui…

Con el bugui, bugui, bugui, bugui, bugui…


Como es de esperar, el museo está lleno de azulejos en todas sus acepciones, sabores y colores; no sólo hay multitud de piezas históricas, sino que también hay una sección dedicada al azulejo moderno y otra, más didáctica, en la que te muestran los métodos de coloreado y las diferencias entre ellos.

El panorama de Lisboa.

El panorama de Lisboa.

La joya de la colección del Museu es un enorme panorama de Lisboa, que mide unos 25 m de largo y que representa el aspecto de la ciudad en los felices días pre-terremoto. Como te lo colocan casi al final de la visita, tienes tiempo (y ganas) de sentarte para mirarlo un rato. La fijación lisboeta con el terremoto, aparte de comprensible, es evidente en museos y demás entidades históricas; quizá la propia ciudad todavía contemple con algo de desconfianza a la cuadriculada Baixa, una hija nacida de las cenizas del terremoto y que, en un ejercicio de egoísmo, nunca hizo ningún esfuerzo por imitar a lo perdido.

Parte de la colección de Margarida Escales.

Parte de la colección de Margarida Escales.

Aparte de lo que vienen siendo los azulejos residentes, el Museu también cuenta con exposiciones temporales, que por lo que vimos engloban también otras disciplinas artísticas relacionadas con el azulejo. En nuestro caso, había una exposición de una artista mallorquina, Margarida Escales, repartida por todo el edificio, y, recogida en una sala, una colección de piezas de cerámica china.

Cerámica china: había piezas de lo más sencillo a lo más friki. No os perdáis la foto del caballo que está entre las seleccionadas del final…

Cerámica china: había piezas de lo más sencillo a lo más friki. No os perdáis la foto del caballo que está entre las seleccionadas del final…

A pesar de su localización algo incómoda, el Museu Nacional do Azulejo es una visita agradable e interesante. Sin ser una atracción turística de primera línea, es una excursión recomendable, sobre todo para terminar un día en el que se hayan abordado otras actividades más cansadas. El edificio es coqueto y elegante dentro de su sobriedad monacal, y rincones como la iglesia (una joya), el claustro o el sencillo patio interior hacen de éste un buen sitio para relajarse.

El patio del Museu, con más de Escales.

El patio del Museu, con más de Escales.

Con esto termina la larga crónica del día 4, que ha sido un auténtico parto 😛 Como de costumbre, aquí os dejo unas cuantas fotos seleccionadas del día…

enlace al set en Flickr

…y recordad que hay un set con todas las fotos, entre las que podréis encontrar algunas curiosas que no entraron en la selección de arriba. Aquí el enlace al set completo, y si preferís verlo como presentación (recomendado), haced clic aquí. En la próxima entrega el quinto y último día, con la ecléctica colección del museo Gulbenkian y el Jardim da Estrela. ¡Hasta pronto!