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La nieve

Lo bueno de estar lejos de casa es que hasta lo más cotidiano tiene un cierto halo de magia, de cosa que parecía que sólo pasaba en la tele. Y aunque esta sea la segunda visita y ya me conozca bastantes cosas de este sitio tan curioso y tan interesante, aún sigue habiendo algunas que me llaman la atención. Una de ellas, desde luego, es la nieve. Aunque ya había estado en la nieve en una excursión que hicimos a Sierra Nevada, ha sido aquí cuando la he visto en las calles, fastidiando y haciendo hermosa a partes iguales la vida cotidiana. Igual que ha sido aquí donde he visto nevar por primera vez, una nevada de esas que duran horas, que ya han empezado cuando te levantas y que te hacen caminar por entre un paisaje teñido de blanco, y que al final del día han dejado cinco centímetros de firma helada en aquellos lugares que no tienen la vigilancia de nadie que los libere de la misma.

Hay una historia que me gusta mucho contar. Estaba yo en una de esas indefinibles tiendas de barrio, hará ya como diez años. Plena época de sequía, esa tan tremenda que hubo alrededor del 95. Diciembre. Esas navidades en las que por fin el cielo se abrió y dejó caer de golpe toda el agua que nos había negado durante tres años. Y vaya que se abrió: frente al escaparate de la tienda, el agua descargaba su furia sobre el asfalto como si quisiese arañar la calle en vez de caer sobre ella. Y, contemplándolo todo, allí estaba él, apoyado en el quicio de la puerta: un niño de dos años a lo sumo, con los ojos abiertos como platos y con el chupete caído de la boca abierta, mirando el espectáculo aterrador que tenía delante. “Míralo embobaíto“, decía alguna de las vecinas que marujeaban por la tienda. “Claro, si es que no ha visto llover en la vida…”

El niño, inevitablemente, ya será un hombrecito. Habrá crecido con multitud de tardes lluviosas y habrá olvidado que hubo una vez, cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, en el que la lluvia le parecía algo tan milagroso como una aparición divina. La lluvia que aquel día le hipnotizaba será ahora algo tan natural para él como la salida del sol o ligotear en discotecas de quinceañeros. Siempre que recuerdo ese día me doy cuenta de que hay una fina línea que separa aquello que nos resulta completamente natural de aquello que en cierto modo nos es extraño: para el primer grupo de cosas, nos resulta imposible recordar cuál es la primera vez en que las vivimos. Igual que uno no olvida dónde y cuándo fue su primer beso, no creo que haya mucha gente que recuerde cuál fue la primera vez que vio un semáforo, o el color rojo, o que pudo leer un cartel o hacer una suma. Son saberes que parece que nos acompañan desde siempre, aunque sabemos que seguro que hubo algún momento de nuestras vidas en el que nos resultaban totalmente ajenos.

Yo, por suerte o por desgracia, nunca podré decir lo mismo de la nieve: por mucho que crezca, y aunque me mude a un hogar entre montañas donde caigan más copos de nieve que rayos de sol, jamás podré olvidar que la primera nevada la he visto con veintiseis años. Así que supongo que la nieve siempre tendrá algo de seductor para mi, esa pátina mágica de la que os hablaba: esa que sólo pueden tener las cosas que sabes que existen por las enciclopedias, pero acerca de las cuáles llevas intrigado por cómo serían en realidad más de media vida.

Eso sí, por si acaso, estoy tratando de recuperar el tiempo perdido. Esta tarde, mientras volvía caminando a mi hogar postizo, encontré una zona del camino llena de nieve blanda, no convertida en placas de hielo: nieve que se podía coger con los dedos, sobre la que se podía dibujar. Cogí un puñadito e hice ademán de tirarlo. No funcionó; se deshizo por el camino. Así que me puse los guantes, recogí otro puñadito, lo apreté entre las manos para que cogiese consistencia y, esta vez sí, lo lancé satisfactoriamente por encima de la valla de NIST. Así que ya puedo decir, como si de un niño tirolés se tratase que he tirado una bola de nieve. Lo siento por el pobre árbol al que le di, que pasaba por allí tranquilamente, pero no tenía a mano a nadie a quien pegarle el bolazo. Ya llegará el día, tampoco voy a empezar por el nivel 2 directamente…

Un abrazo a todos y no me olvido de los posts, los comentarios y los sueños que os debo. Suerte a Puri en su nuevo curro, a Nietzche en su nueva ocupación, a Sonámbula con sus ataques (seguro que transitorios) de mamitis, a DarthIA con su habilitación (si algunos en este el país se dedicaran a hacer bien su labor y no a montar espectáculos bochornosos, probablemente nos iría mejor a todos), y a mi hermano Dr. Evil, bienvenido de vuelta al desierto de lo real a casa.