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Lake Elysium

Ayer os prometí que os iba a contar de dónde había salido lo de la bicicleta. Bueno, para los (las :P) escéptic@s, debo decir en primer lugar que hace mucho tiempo que me ronda la idea de andar en bici, no sólo por aquello de reducir kilitos, sino porque en Sevilla es un medio de transporte ideal (de verdad, uno no se da cuenta de lo llana que es Sevilla hasta que no sale…). Lo que pasa es que de la teoría a la práctica dista un largo trecho; en particular, distaban en mi caso siete tramos de escalera sin ascensor ni nada parecido. Y tener que andar subiendo y bajando la bici a ese pedazo de tercero… pues como que no. Por supuesto, dejarla en la calle también hubiera sido una opción, pero no estoy yo todavía como para ir en una bici sin sillín ni rueda delantera 😛


Mi bici.

De cara a mi viaje a los States, me habían advertido de que uno sin coche no iba a ningún lado, y doy fe de que es escrupulosamente cierto. Si vives en un suburb, como es mi caso (nótese que suburb significa en inglés urbanización a las afueras, no las Tres Mil Viviendas), estar sin medio de locomoción coarta notablemente tus posibilidades. El metro más próximo me queda como de Sevilla a La Rinconá, y los buses que hay tampoco me llevan demasiado lejos (tengo dos líneas al lado que me llevan al metro, pero sólo pasan de lunes a viernes; y hay otra que sí pasa los fines de semana, pero es un ratito andando). Y las carreteras y urbanizaciones no están hechas para andar por ellas; no porque les falten aceras (que las tienen, y muy generosas), sino porque no tienen ni un mísero toldo o soportal que cobije de la lluvia o del horrible calor marylandés.


Atardecer en Quince Orchard Road, no muy lejos de mi casa.

Aunque la idea la llevaba ya incubando desde España, el factor que me acabó de decidir (del que ya os hablaré largo y tendido en otro post) es la escala de este país. Según me dijo mi leader Antonio, en Estados Unidos sobra suelo, y vaya si se nota: todo es ancho, amplio, muy expansivo… y está lejísimos. Así, para llegar al trabajo, que es un camino de algo así como 7-8 minutos en coche, yo echaba media hora andando por detrás de múltiples urbanizaciones, en medio de la vida salvaje, y por el lateral de una carretera grande en la que no había acera, sino césped de ese que te deja los zapatos calados a la menor oportunidad que tiene. Los malls se organizan en torno a un gran aparcamiento central, de modo que tienes que caminar un rato entre tienda y tienda (verídico: he visto a gente coger el coche para ir de una punta del mismo mall a la otra). Para colmo, cruzar las avenidas grandes es una odisea; estar dos o tres minutos parado en el semáforo (por supuesto, y tal y como se ha indicado, sin la menor protección contra el sol) es lo mínimo que se despacha. En resumen: Estados Unidos, al menos en este tipo de entorno, está hecho por y para los conductores.


De (ex-)camino al trabajo.

Todo esto, unido al hecho de que el carnet es una de mis asignaturas eternamente pendientes (me he traído el libro, que conste ;)), me dejó clara la necesidad de alquilar una bicicleta o buscarme una barata de segunda mano. Cuando volví del congreso, tuve la intención de ir a una tienda de bicicletas que había localizado; pero Mercy, mi casera, me dijo que mi mejor posibilidad era ir a una yard sale. Por si no os suena de las pelis, una yard sale consiste en que la gente, que previamente ha puesto cartelitos y anuncios en los periódicos, saca un buen día sus tiestos a la parte delantera de su casa y los vende en plan baratillo. Mercy me contaba que esto es una parte básica de la cultura americana; que lo tradicional es que los yardsaleros coman una buena pizza ese día, que los críos vendan limonada a 25 centavos y que regatear los precios es parte básica de la diversión. A mí todo eso me parecía demasiado folclórico, pero, como era previsible, resultó ser totalmente cierto.


Trasera de una típica urbanización de suburb. Fijaros en que no hay dos casas exactamente iguales: lo prohibe la legislación.

Total, que el sábado Mercy, muy amablemente, me llevó a la caza y captura de unas cuantas yard sales, y en la segunda o tercera de ellas encontré una bici que parecía más o menos decente. Yo estaba dispuesto a dar unos 100 o 120 $ por ella (tampoco mucho más porque me he resignado a dejarla aquí cuando me vuelva); el dueño empezó pidiendo 175; al final la sacamos por 80. Tiene unos cuantos años y el cambio va regular (está algo desajustado y no cambia a todas las posiciones posibles; tendré que echarle un ojo este fin de semana), pero en general estoy bastante contento con ella 🙂 Tras encajarla de forma inverosímil en el coche y dar una vuelta por el resto de yard sales del entorno, nos fuimos a comer (a un sitio del que ya os hablaré otro día) para celebrar el gran éxito de la empresa.


Mi casa en USA: 338 Tannery Drive, con la bici delante.

El sábado me hice un buen puñado de kilómetros con la bici, por aquello de inaugurarla. Digamos que me dejé llevar demasiado por el entusiasmo… entre la distancia recorrida, la multitud de cuestas que hay, el cambio medio raro (ya le he cogido el truco, pero ha costado :P) y que podía hacer perfectamente una década (sin exagerar) que no andaba en bicicleta de forma mínimamente seria, acabé hecho polvo, con un dolor en las manos y allí donde la espalda pierde su casto nombre bastante importante. Ayer Domingo la dejé descansar y me acerqué al mall de Kentlands, cerca de casa, a comprarme lo más importante: un candado para poder llevar la bici por ahí 😛 Junto a ello, me he comprado también unos guantes de ciclista (¡por fin, papá!) y un poncho (poncho, poncho… xDD) para la lluvia. Medité también comprarme un sillín, pero es que ya iba a ser gastarse más en el collar que en el perro. Y el candado me lo puedo traer dignamente, pero si el que me registre la maleta a la vuelta ve que llevo un sillín suelto, no sé qué va a pensar de mi estado mental…


Great Seneca Highway, parte de mi nuevo camino al trabajo.

En fin, hoy he ido con mi mochila, mis tiestos y un casco que me ha dejado Mercy (un tanto ortopédico, aunque como bien observaba un amigo mío de NIST, todos los cascos de bici son horribles) al trabajo en bici como un ecologista cualquiera. Todos los principios son duros, y este no iba a ser menos: después de llegar hasta la puerta del campus de NIST, me doy cuenta de que, al meter las cosas del bolso en la mochila, me había dejado la ID en casa. Total, a desandar y reandar el camino. Entre la distancia (unos 10 km en total subiendo y bajando) y que a las 9 de la mañana, cuando finalmente llegué a mi destino, ya hacía un calor asfixiante (a las ocho, cuando salí, era mucho menor), estaba para recogerme con cucharilla xD


Atardecer en Quince Orchard Road (II).

Afortunadamente sobreviví y parece que le voy cogiendo el truco a esto de ser émulo de Induráin; para el dolor de las manos, los guantes son un remedio milagroso, y lo del sillín será cuestión de costumbre (hoy estoy mejor que el domingo, aunque más o menos me he hecho la misma distancia). El camino al trabajo es bastante rápido; la ganancia con respecto a ir andando es muy considerable y además casi todo el camino de vuelta es cuesta abajo (aunque yo preferiría que lo fuera la ida, la verdad :P) Pero en el fondo lo del trabajo ha sido una excusa (muy importante, eso sí :P). Además de para ir a comprar y al curro, la bici me amplía considerablemente los horizontes; ahora tengo a mi alcance unos cuantos malls que me quedaban demasiado lejos andando, así como un enorme parque metropolitano (ya os haré un reportaje del mismo), y me estoy planteando seriamente ir hasta el metro en bici los fines de semana (lo que pasa es que son como 7 km largos desde aquí, y no sé cómo estará el camino hasta allí… ya lo investigaré un día de estos). Espero que esto sea un pequeño punto de inflexión y me acostumbre a usar la bici, porque Sevilla es un sitio idóneo para ello (y más con los casi 80 km de carril bici que se supone que estarán listos de aquí a un año…). Pero de momento, en el aquí y en el ahora de Gaithersburg, Maryland, estoy muy feliz con mi compra y espero amortizarla de sobra. Os seguiré contando…